Rivera, Viñas y el público
Domingo entre papeles, encuentro este texto sobre la visita de Andrés Rivera y David Viñas a un encuentro organizado por la SEA, en mayo de 2002. Otro era el país, los problemas, y otro era este cronista dando sus primeros pasos en los estudios de periodismo.

Andrés Rivera llegó al escritorio. Apoyó los papeles. Una voz femenina lo presentó. Una voz más entre todas las que presentan a escritores cuando estos se disponen a leer sus textos. Pero nadie prestó atención a esa voz anunciadora. Lo que importaba era lo que Rivera iba a decir, no lo que podían decir sobre él. Rivera y su palabra. Rivera y el público que había ido a escucharlo. Rivera y el público que esperaría que él terminara con su cuento para al fin poder disfrutar de David Viñas, que esperaba su turno para disertar sobre los escritores que sirven, de los intelectuales comprometidos, de lo mal que hace la inmovilidad, de lo incorrecto que es hacer uso del eufemismo, de la literatura como interrogante, de su amigo León Rozitchner y el presente de la UBA.
Viñas y Rivera, hombre que pueblan a través de la palabra, fueron invitados por SEA (Sociedad de Escritoras y Escritores Argentinos) al café de la librería Gandhi. Era miércoles 15 de mayo y Rivera estaba sentado frente a un auditorio que alguna vez lo había leído, o al menos había oído su nombre por la radio o en un perdido programa cultural en la televisión. Pocos eran los que no sabían nada de Rivera. Pero si tomaron debida paciencia y escucharon el relato del autor de La revolución es un sueño eterno se fueron del café teniendo, al menos, una vaga idea de quién es Rivera o qué voz tiene Rivera cuando lee cuentos. La respiración de su lectura. Ese mismo tono. Esa forma de decir que nunca se eleva pero que busca en la historia que lee una verdad oculta, como si él no fuese autor de esas líneas. Pero frente, o mejor dicho, detrás de Rivera se orquestaban los que habían ido por Viñas y los que habían ido por él. “Yo nunca vengo a este lugar. Hoy vine a escuchar a Viñas porque Viñas, bueno, Viñas es de la época de mi viejo…”, dijo una poeta, cantora de tangos. Su padre era escritor y colaborador del suplemento literario del diario La Nación. Cuando recordé este detalle, pensé qué habría dicho ese escritor al escuchar a Viñas hablar pestes del diario centenario: “A La Nación no hay que criticarla, hay que calumniarla”.
Nada dijo, en cambio, Rivera del diario de los Mitre. No había ido para eso. Quizás no tenga nada que agregar a lo que dicen sus libros. Y es comprensible en un hombre que eligió borrar u después escribir. Eliminar lo que no es imprescindible. Lo justo, lo importante. Nada de adjetivos. Pero las imágenes sobre las sensaciones de sus personajes vuelven una y otra vez como pensamientos en la soledad. Rivera recrea la miseria como una condena de lo que significa vivir en este mundo. Habla de la muerte y de la muerte de los que se preparan para morir. A Todo o a Nada. A un golpe final. Su literatura está tan cerca de la realidad que los organizadores tuvieron a Viñas siempre a mano para que con los primeros artilugios de su exposición lograra devolvernos a esa condición de no ser. Se sabe, cuando de argentinos se habla entre argentinos no se habla de compatriotas, sino de otros. Así, en tercera persona. Como quien dice “esa estrella”, “ese árbol perdido”.
Para sostenerlo a Viña sumaron a la mesa, además de la presentadora, a una mujer que preguntó sobre temas que él mismo se encargaría de no responder o de hacerlo a medias. Si hay algo que se puede expresar cómo dice Viñas es que trasmite con claridad lo mucho que le agrada escucharse. Congenia con su retórica mejor que cualquier intelectual-panelista de los que se puede oír últimamente en librerías o salones de Buenos Aires. Sin embargo, Viñas dijo bueno y punzante, aunque no fueron pocas las ocasiones en las que se perdió en su pensamiento para dedicarse a la provocación un tanto rebuscada cuando no directamente pobre.
Viñas tuvo el acierto de sintetizar ciertos pareceres sobre el papel que debe ocupar el intelectual, sobre cómo asumir hoy una literatura, que tanto se asemeja la Guerra del Paraguay con algunos conflictos nacionales y de frontera: la traición, la fidelidad. América en su conjunto. Para este momento de la noche solo quedaban Viñas y su público. Esos que solo habían ido por él y no por Rivera. Uno que se apoyaba sobre la barra del bar reprochó: “Lo de Rivera fue malo. Podría haber dicho lo mismo con menos palabras”. Mientras tanto, Viñas sentenciaba: “Si este país es una mierda como dice Rozitchner, nosotros somos esa mierda”; “hay que recuperar el vocabulario, decir las cosas con las palabras que son”. Luego continuó con Borges, Sarmiento, Macedonio Fernández, los escritores de la derecha y los de la izquierda. La pobreza de Vallejo en Parías y esa necesidad de no doblegarse, como enseñó el vate, alzado contra los heraldos negros: “Lo que nos queda es la denuncia permanente”, además de “cultivar la obstinación, la vergüenza cotidiana que sentimos”.
Antes de dar por terminada la tertulia (o “tortura”, como dice un amigo), Viñas no dejó pié con cabeza y se dirigió también a los organizadores: “Antes los escritores eran sádicos, ahora son SEA”.
Alejo González Prandi // @agprandi
15 de mayo de 2002.