La vida es bella
Pasó varias horas frente a la TV viendo imágenes del terremoto. Gente aplastada por automóviles. Autopistas rompiéndose como tabletas de chocolate. Ventanas, puertas y escaleras perdiéndose en la boca del viento. Sabía que al día siguiente se sentaría a ver más de lo ocurrido. Y así fue. Comenzó a sentir la belleza de los desastres naturales. Prefirió no hablar del asunto. Sentir una catástrofe como un hecho estético no era algo que lo hacía sentir bien. Varias veces se preguntó qué lo seducía de ver a tantas personas muriendo de manera absurda. La única verdad a la que llegó fue que las filmaciones caseras sin audio eran, sin duda, joyas del arte. Quiso agradecer el espectáculo, pero no supo a quién.