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Invisibles

En la novela La elegancia del erizo, de Muriel Barbery, la encargada de un edificio de departamentos de lujo es invitada a cenar por uno de los vecinos, un japonés amable y discreto. Esa noche, la portera, que luce muy elegante, se sorprende porque unas propietarias del inmueble no la reconocen. Ante esa reacción, el japonés le dice: “No te han reconocido porque nunca te han visto”.

Milan Kundera narra en El libro de los amores ridículos otra de las tantas formas de no ver aquello que está frente a nuestros ojos. Un hombre queda impresionado por la belleza de una mujer. Luego, al enterarse que ella lo culpa de algo que no ocurrió, comienza a buscarla, y la encuentra en su lugar de trabajo. Pero al verla, no la distingue. “El señor Zaturecky, cuando vio por primera vez a Klara (…) se quedó tan deslumbrado que en realidad no la vio. La belleza formó ante ella una especie de cortina impenetrable. Una cortina de luz tras la cual estaba escondida como si fuera un velo”, escribe Kundera. Y así termina: “No la reconoció porque jamás la había visto”.

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Legados

El único original de Antígona Vélez había sido extraviado por la actriz Fanny Navarro. A pesar de las insistencias del gobierno peronista, Leopoldo Marechal se negaba a escribir la obra otra vez. Hasta que hubo un llamado. Era Evita. Marechal fue “ganado por su encantamiento”, y trabajó durante una noche. Al día siguiente, se reunió con los actores en el Cervantes para comenzar los ensayos. La puesta en escena estaba a cargo de Enrique Santos Discépolo. Hoy, sesenta años después, Antígona Vélez se puede ver en el mismo teatro, con dirección de Pompeyo Audivert.

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Sabios

Hay películas basadas en libros y hay las que nos llevan a otros autores. Pero también están las que incluyen las dos posibilidades. Recreando la novela de Marie-Sabine Roger, Mis tardes con Margaritte, protagonizada por Gérard Depardieu, es un camino de reflexión sobre los vínculos humanos, la vida y la literatura. ¿La excusa? Encuentros de lecturas en un parque entre un hombre de 110 kilos y una frágil anciana (Gisèle Casadesus), que frecuentan La peste, de Albert Camus; Un viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda; La niña de alta mar, de Jules Superville; y La promesa del alba, de Romain Gary. Germain apenas sabe leer, Margaritte tiene la cabeza llena de libros. Uno cultiva verduras; la otra, palabras. Los dos borran prejuicios. Ambos son sabios.

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Louis y Samuel

Louis Céline nació en Francia, el 27 de mayo 1894; Samuel Beckett en Dublín, el 13 de abril de 1906 . El primero contrajo la malaria en Camerún; el segundo, emigró a París en 1933 y fue apuñalado en el pecho, salvando su vida de milagro. Céline fue condenado en Dinamarca a pena de muerte -que no se concretó- luego de la Segunda Guerra por su colaboracionismo durante la ocupación nazi en Francia. Beckett luchó junto a la Resistencia Francesa contra la ocupación nazi. Fue derrotado en 1942, obligado a huir y perseguido por la Gestapo. En 1969 ganó el premio Nobel de Literatura. Las diferencias entre ambos son claras. Lo único que parece unirlos es haber dejado literatura en el corazón de los hombres.

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La vida es bella

Pasó varias horas frente a la TV viendo imágenes del terremoto. Gente aplastada por automóviles. Autopistas rompiéndose como tabletas de chocolate. Ventanas, puertas y escaleras perdiéndose en la boca del viento. Sabía que al día siguiente se sentaría a ver más de lo ocurrido. Y así fue. Comenzó a sentir la belleza de los desastres naturales. Prefirió no hablar del asunto. Sentir una catástrofe como un hecho estético no era algo que lo hacía sentir bien. Varias veces se preguntó qué lo seducía de ver a tantas personas muriendo de manera absurda. La única verdad a la que llegó fue que las filmaciones caseras sin audio eran, sin duda, joyas del arte. Quiso agradecer el espectáculo, pero no supo a quién.

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Se salvó la palmera

En el barrio de Nuñez, hace siete días tiraron abajo una casa que tenía un amplio jardín en el frente y una palmera. Derrumbaron la casa. Arrasaron con el jardín. No quedó ni una flor. Lo único que se salvó fue la palmera, ahora rodeada por escombros. Según dicen en el barrio, van a construir un nuevo edificio. Una grúa y algunos obreros se mueven desde temprano. El ruido es constante. El terreno está custodiado en su frente por unos afiches. Dos de Macri, dicen: “Juntos venimos bien”. Bien de obras. En cinco años le cambiaron la cara a las calles de esta manzana. Antes, terrazas bajas. Hoy, torres de 10 pisos promedio. El negocio inmobiliario no tiene techo. Parece que el ingeniero no pensó en los vecinos pero sí en la palmera. En realidad, de ahí andaban colgados los votantes cuando el cuarto oscuro. Sobre todo por estas comunas.

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Ida / Vuelta

La Nación habla de un “montonerismo de exportación”. Humoristas, en peligro. Ollanta Humala, “el guerrero que lo mira todo” gana en Perú. Nuevos vientos para los barquitos del Pacífico. Se expande la Latinoamérica popular, democrática, mestiza. Europeos llegan, sonríen, se quedan. El mundo al revés. Como proponía Jauretche. La mirada, a descolonizar. Mientras tanto, algunos ven por la ranura la desesperación de la serpiente. Indignados, algunos extremos se tocan.

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50 sonetos para olvidar a Perón

Entre las muy buenas entrevistas de Joaquín Soler Serrano a grandes escritores en los ‘70, está la que le hizo a Manuel Mujica Lainez. Durante esa conversación, el periodista destaca 50 sonetos de Shakespeare traducidos por “Manucho”, que confiesa: “Te voy a contar porqué los hice. Los hice en una época difícil de nuestro país. Los hice para olvidarme de Perón. De mañana yo traducía los sonetos de Shakespeare, que son difíciles de traducir. Entonces, me olvidaba por completo de lo que estaba sucediendo. Llegué a traducir 50 sonetos. Son ciento cincuenta y tantos. Ojalá pueda terminar algún día eso”. Quizá lo que estaba diciendo el autor de El laberinto es: “Ojalá pueda olvidar a Perón algún día”. Penas imposibles de un antiperonista.

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