Invisibles
En la novela La elegancia del erizo, de Muriel Barbery, la encargada de un edificio de departamentos de lujo es invitada a cenar por uno de los vecinos, un japonés amable y discreto. Esa noche, la portera, que luce muy elegante, se sorprende porque unas propietarias del inmueble no la reconocen. Ante esa reacción, el japonés le dice: “No te han reconocido porque nunca te han visto”.
Milan Kundera narra en El libro de los amores ridículos otra de las tantas formas de no ver aquello que está frente a nuestros ojos. Un hombre queda impresionado por la belleza de una mujer. Luego, al enterarse que ella lo culpa de algo que no ocurrió, comienza a buscarla, y la encuentra en su lugar de trabajo. Pero al verla, no la distingue. “El señor Zaturecky, cuando vio por primera vez a Klara (…) se quedó tan deslumbrado que en realidad no la vio. La belleza formó ante ella una especie de cortina impenetrable. Una cortina de luz tras la cual estaba escondida como si fuera un velo”, escribe Kundera. Y así termina: “No la reconoció porque jamás la había visto”.